Encuadernación
Taller Cordillera
Nos proveen los pliegos de papel de algodón con los que armamos los cuerpos de cuaderno. Trabajan en Guaymallén y conocen bien qué gramaje aguanta la costura a mano.
Quién graba el linóleo, quién dibuja los mapas, quién encuaderna y quién ordena los materiales: un equipo que aprendió el oficio entre pruebas, viajes por Argentina y conversaciones largas en la mesa de trabajo.
La Bitácora Impresa no funciona sola. Detrás de cada cuaderno hay encuadernadores, ilustradores y gente que aprendió mirando, probando y equivocándose. Estas son algunas de las casas, ferias y espacios con los que compartimos mesa, materiales y kilómetros.
Encuadernación
Nos proveen los pliegos de papel de algodón con los que armamos los cuerpos de cuaderno. Trabajan en Guaymallén y conocen bien qué gramaje aguanta la costura a mano.
Grabado
Herramientas de corte y planchas de linóleo que probamos antes de recomendarlas. Nos acompañan desde los primeros talleres en un garage de San Juan 928.
Tintas
Tintas al agua y óleos de secado lento que usamos en los sellos de mapas. Nos interesa su comportamiento sobre papel sin recubrimiento, no la marca.
Territorio
Nos prestan mesas largas para los encuentros de invierno y guardan copias de las bitácoras que dejamos como registro de cada recorrido.
Feria
Compartimos puesto los sábados con ceramistas y encuadernadores. Ahí se prueban los cuadernos con manos ajenas antes de que salgan del taller.
Formación
Estudiantes de grabado pasan por el taller a hacer prácticas. De ahí salieron varias de las planchas que hoy usamos para los sellos de ruta.
La Bitácora Impresa nació de una costumbre simple: anotar lo que pasa en el camino y volver a mirarlo después. Con los años esa costumbre se volvió un oficio. Hoy grabamos linóleo, cortamos sellos, dibujamos mapas y encuadernamos cuadernos para que otras personas puedan hacer lo mismo con sus propios recorridos por Argentina.
Nos interesa lo que ocurre mientras se talla, se entinta o se pega un recorte. Ese tramo lento es el que deja huella en el papel y también en quien lo hace. No buscamos piezas perfectas, sino páginas que se noten trabajadas a mano.
Casi todo lo que sabemos lo aprendimos probando, mirando el trabajo de otros grabadores y compartiendo mesa con ilustradores y docentes. El taller funciona así: alguien muestra una prueba fallida, alguien propone otra gubia, y de ahí sale una solución que ninguno tenía sola.
Frente a la foto que se pierde en el teléfono, proponemos un cuaderno que se puede tocar, oler y volver a abrir años después. Cada bitácora que sale del taller lleva la marca de quien la armó: una tinta corrida, un sello torcido, una costura despareja. Eso es lo que la vuelve única.
El efecto que buscamos es sencillo: que quien termine una bitácora sienta que el viaje sigue vivo en sus manos, y que ese registro material le devuelva algo que ninguna pantalla puede dar. Trabajamos para eso, con paciencia y con las herramientas sobre la mesa.