Para quien viaja y quiere recordar distinto
Personas que recorren Argentina y sienten que una foto en el celular no alcanza. Buscan un objeto tangible donde el recorrido quede escrito, dibujado y pegado.
En La Bitácora Impresa entendemos la misión como una práctica de taller: cada recorrido por Argentina se traduce en linograbado, sellos, mapas y collage, y ninguna bitácora sale igual a otra porque lleva la huella de quien la hizo.
La misión no se escribió de una vez. Se fue corrigiendo a medida que el linóleo, los sellos y los mapas nos enseñaron qué significa guardar un recorrido en papel.
Empezamos tallando planchas chicas para marcar los cerros que veíamos desde la ventana. Sin taller ni prensa: gubias prestadas, un rodillo viejo y la certeza de que el paisaje cabía en dos planos de talla.
Un viaje corto a Malargüe nos dejó boletos, hojas secas y un mapa roto. Al pegarlos entendimos que la bitácora no decora el viaje: lo conserva. Desde ahí el collage dejó de ser un agregado y pasó a ser método.
Redibujar el mapa en cada salida era un desgaste. Armamos un set modular de sellos: línea de ruta, nodos de pernocte, íconos de agua y mirador. Así cada recorrido se sumaba como capa sobre el mismo territorio.
Viajeros, ilustradores y docentes empezaron a sentarse en la misma mesa. Nadie venía a copiar un modelo: cada quien traía su recorrido y salía con una bitácora distinta. Ahí se confirmó que ninguna se repite.
Hoy el estudio reúne cuadernos, planchas y mapas de distintas regiones del país. La misión sigue siendo la misma: sostener el proceso manual frente a la inmediatez digital y dejar que cada página guarde la huella de quien la hizo.
La Bitácora Impresa no nació de un plan de negocios. Nació de una mesa de taller en Mendoza, con planchas de linóleo mal cortadas, cuadernos a medio encuadernar y la manía de guardar cada boleto de micro como si fuera una prueba de que el viaje existió.
Todo empezó con un encargo chico: alguien quería registrar una travesía de tres días y no encontraba un cuaderno que aguantara el uso real. Se cosió a mano, se le puso tapa de cartón entelado y se estampó un primer sello con el perfil de un cerro. Ese objeto todavía existe y sigue siendo la referencia de todo lo que vino después.
Durante un tiempo el trabajo fue solitario: tallar de noche, probar tintas, descartar papeles. La decisión que cambió el rumbo fue abrir el espacio. Empezaron a llegar ilustradores, docentes y viajeros que querían aprender a hacer sus propios sellos, y el taller se convirtió en un lugar de intercambio donde cada persona traía su recorrido y se lo llevaba traducido a gubia y rodillo.
Con el tiempo las páginas empezaron a llenarse de otras cosas: mapas dibujados a mano, recortes de papel, retazos de tela comprada en ferias. Incorporar el collage y la cartografía propia obligó a repensar el formato del cuaderno, el gramaje del papel y hasta el tipo de encuadernación. Fue un ajuste lento, con páginas que se arruinaron y otras que salieron mejor de lo esperado.
Hoy el estudio sigue trabajando con el mismo criterio del primer cuaderno: el proceso manual deja una huella que no se puede replicar. Cada plancha se gasta distinto, cada entintado tiene su irregularidad, cada recorrido por Argentina pide una solución nueva. Eso es lo que se busca conservar, incluso cuando la impresión digital ofrece caminos más rápidos.
La Bitácora Impresa nació en Mendoza con una idea simple y algo terca: un viaje se entiende mejor cuando alguien lo traduce a tinta, goma y papel. No buscamos ilustrar postales ni resumir un recorrido en una foto. Buscamos que cada cuaderno guarde la huella de quien lo hizo.
Trabajamos con viajeros que vuelven del sur con los bolsillos llenos de boletos, con ilustradores que quieren probar el linograbado sin miedo a arruinar la plancha, y con docentes que necesitan una excusa concreta para que sus estudiantes miren el territorio con más atención. Cada uno llega con un recorrido distinto y se va con un objeto que no se parece a ningún otro.
Nos interesa el proceso manual justamente porque es lento. Tallar una plancha, entintar un sello, recortar un mapa y pegarlo en una página obliga a detenerse. Frente a la inmediatez de la pantalla, proponemos un ritmo más terco: el de la gubia que avanza de a poco, el de la tinta que tarda en secar, el del collage que se arma por capas.
Personas que recorren Argentina y sienten que una foto en el celular no alcanza. Buscan un objeto tangible donde el recorrido quede escrito, dibujado y pegado.
Gente con oficio que quiere salir del boceto digital y probar la resistencia del linóleo, la mancha del rodillo y el error que igual queda bien.
Maestras y profesores que quieren llevar el cuaderno de viaje al aula como herramienta para mirar el paisaje, la memoria y el territorio propio.
Somos un taller abierto a la experimentación, no una marca de objetos terminados. Nos importa más el aprendizaje compartido que el resultado prolijo. Cada bitácora que sale de acá conserva marcas del proceso: una línea temblorosa, un sello corrido, un papel que se arrugó al pegar. Eso no es un defecto, es la prueba de que alguien estuvo ahí.
Hablamos en un tono cálido y sin apuro, porque creemos que documentar un recorrido es también una forma de conservar el territorio en papel. Ninguna bitácora se repite, y esa es la parte que más nos gusta.